¡Un gran regalo!


PUNTOS DE VENTA "SÍ SE PUDO"


Esta anécdota me ocurrió cuando tenía diecisiete años y Alianza Lima me envió a Bélgica a pasar una prueba al Anderlecht de ese país.

Mientras reunía los permisos necesarios para sacar la Visa Schengen y me probaba el terno con el que viajaría, recuerdo que fui una mañana a visitar a mi prima Sandra.

Ella estaba muy entusiasmada con mi viaje y no dejaba de darme consejos y ciertos “tips” para cualquier ocasión que se presente. Uno de esos consejos fue puntual. Sabía por comentarios de sus amigas viajeras que en esos vuelos inter continentales siempre obsequiaban recuerdos, souvenirs o como quieran llamarles, de mucha calidad y como ella misma me dijo con su acento muy piurano: “Lo podemos vender, cojudo!”.

Entre tantas indicaciones, ese apunte se me quedó grabado y ya en pleno vuelo no hacía sino esperar el momento en donde llegaría a mis manos el preciado regalo.

El vuelo era en Lufthansa (aerolínea alemana) y sería Lima-Frankfurt con escala en Bogotá y conexión a Bruselas; eran en total dieciséis horas cruzando el Atlántico y parte de Europa . Así que tenía el tiempo suficiente para investigar entre todas las cosas que nos entregaban las aeromozas y ver cuál de ellas sería el preciado objeto.

Tal vez sería un Whisky edición especial como ella me dijo o algún llavero de plata, muchas cosas valiosas se me ocurrían; lo cierto es que mientras más pasaba el tiempo y lo único que recibía eran comidas y bebidas en todo momento, más crecía mi curiosidad, pero algo asustado, no me atrevía a preguntarle a las azafatas alemanas que nos atendían.

Hasta que llegó el momento esperado; ya cuando el avión empezaba el descenso a media hora de Frankfurt, las azafatas pasaron una vez más por los asientos, pero esta vez traían algo diferente; eran unos sobres plastificados del tamaño de un celular, pero con la imagen de un auto de lujo por un lado y por el otro muchas indicaciones en alemán.

Como entenderán, empecé a tantear primero y sólo sentía algo líquido dentro pero con cierta textura parecida a una tela. Eso incrementó aún más mi curiosidad y me tenté varias veces de abrirlo, pero más pudieron las palabras de mi prima y sabía que abierto bajaría su valor, así que me contuve y lo guardé entre mis cosas.

Al llegar a Bruselas y ya en el departamento, lo saqué una vez más y nuevamente las palabras de mi prima me impidieron abrirlo. Créanme que durante los quince días de mi viaje me tentó esa duda, muchas veces intenté leer en alemán y fue en vano entender una sola palabra.

Hasta que llegó el momento; luego de haber viajado a Francia con los juveniles de mi categoría y haber participado de un torneo de juveniles, me tocó volver a Lima y lo primero que hice al llegar fue ir donde mi prima para mostrarle la valiosa mercancía.

Pero ella tampoco supo lo que era y tuve que guardarlo nuevamente.

Como imaginarán, la situación era insoportable y no pude más. A la mañana siguiente y echado en mi cama lo cogí, miré el auto de lujo una vez más y lo abrí por un lado.

Empezó a salir agua mientras mis manos torpes pero decididas lo abrían del todo. Pasó lo que menos esperaba. Era un pañito húmedo, de esos que te dan para limpiarse las manos antes de comer. Me sentí precisamente como ustedes se imaginan. Un sonso.

Me había pasado casi veinte días pendiente del “gran regalo” y resultó ser una tontería. Recordé que a veces las expectativas superan la realidad y aprendí que muchas veces nos deslumbramos por cosas de buena pinta pero sin nada en el interior.

Cada vez que viajaba y las azafatas me daban un pañito de esos, no hacía sino reírme y recordar mi ingenuidad.

¡Búrlense, me lo merezco!