“Re Mezones” en Chipre


PUNTOS DE VENTA "SÍ SE PUDO"


Después de mi confusa llegada al AEL de Chipre, quedó un sinsabor pero también mi compromiso de dar lo mejor por mi nuevo equipo.

Había sido recibido por muchos hinchas en el aeropuerto y hasta en los diarios veía mi foto con grandes titulares en griego. Ni siquiera preguntaba qué significaba, pero sabía que iba a recibir mucha presión también; ya tenía veintisiete años y me sentía maduro para el reto. Chipre pertenece a la UEFA y tiene cupos para jugar la pre-Champions y aunque se mantiene un escalón abajo del nivel de las máximas ligas europeas, es una liga en crecimiento e igual juegan a un gran ritmo, y eso significaba un reto para mí.

Pasé la primera semana en un hotel de lujo, entrenaba por las mañanas y por las tardes salía a conocer la ciudad con hinchas que pasaban a buscarme. No encontré muchas diferencias en sus formas de ser, eran eufóricos para hablar y les gustaba compartir en bares frente al mar, en pocas palabras, parecían latinos con plata, solo que estos gritaban en griego y vestían con ropas de diseñador.  Otras veces iba a sesiones de fotos que organizaba el club, donde también compartía con los hinchas.

En una de esas sesiones de fotos conocí a dos hinchas que luego serían como mi familia en esta nueva aventura. Paolo y Marco eran hermanos y me hablaron en español, algo que me alivió de escuchar dentro de ese idioma que no entendía; su padre era chipriota pero su madre peruana y les inculcó siempre su amor por nuestra patria así como les enseñó el castellano. Marco estudiaba en Grecia y a los pocos días se fue, así que Paolo se convirtió no solo en mi guía sino también en mi traductor para ir adaptándome mejor a la ciudad.

Recuerdo que por intentar adaptarme rápido, apuré a los dirigentes para que me asignen el departamento donde viviría. Ellos me decían que iría a un edificio asignado a todos los jugadores, pero el mío aún estaba sin aire acondicionado. Ese detalle me pareció una tontería, siendo de Piura estaba acostumbrado al calor y con un ventilador el asunto estaría resuelto. Aún dudando me entregaron las llaves y ayudaron a instalarme en el edificio aún vacío.

No sabía en lo que me había metido. La primera tarde, después de almorzar en uno de los tantos restaurantes frente al mar y volver al departamento, empezó mi martirio. Ni siquiera el ventilador pudo ayudarme a sofocar el calor impresionante que hacía y llegada la noche tuve que dormir en la sala, pegado al balcón, con el ventilador prendido y con las puertas totalmente abiertas. Fue una noche terrible. Recién el día siguiente al hablar con Paolo, pude entender que vivir sin aire acondicionado era casi imposible por los mas de cuarenta grados de calor que había en las horas punta. Pasé los siguientes cuatro días desesperado y sufriendo porque instalen el bendito aire acondicionado.

Al volver el equipo a Chipre me hice amigo del “pulpo” Gonzales, delantero argentino que también era nuevo en el equipo, pero llevaba dos años ya en la isla. Ahora mi problema no era el calor, sino tratar de igualarme físicamente a mis compañeros recién llegados de la pretemporada en Grecia, además de adaptarme a la comida, que si bien es una de las mejores del mundo, también es muy diferente a la nuestra. Bajé casi cinco kilos de peso.

Fueron momentos duros, el técnico resultó ser un millonario que había dirigido al equipo en su pasado amateur, pero no tenía ni idea de la evolución del equipo ni del proceso normal de adaptación de cualquier futbolista a un nuevo fútbol, entorno y hasta idioma.  Empezaba a sentir su presión pero también el cariño de los hinchas, que acudían a los entrenamientos y primeros amistosos y no había momento donde no me brinden su cariño. Eso me hacía sentir en casa y si a eso le sumaba que mi esposa Claudia llegó a los pocos días, mi alegría y moral quedaban al tope para igualarme a ese ritmo vertiginoso al que jugaban.

Era un fútbol totalmente físico, hasta rudo diría yo. Era muy difícil que me den el balón sin que esté en movimiento y cuando la tenía y buscaba hacer una “pared”, simplemente se giraban y salían disparados a velocidad hacia el arco rival. Sentía que jugábamos deportes diferentes, aunque mi gran ventaja era la capacidad de lanzar balones y el cariño de los hinchas, que al poco tiempo hasta me crearon una canción.

Eso fue algo anecdótico y sucedió durante un partido amistoso en el estadio de Limassol, con las tribunas llenas y Claudia mirando el partido desde allí. Si bien no alcanzaba el ritmo al que ellos jugaban, cada pase mío era festejado por los hinchas y en un momento que tengo grabado, empezaron a cantar en griego, donde lo único que lograba entender era el estribillo: ¡Re Mezones, re Mezoones!. Tanto Claudia como yo quedamos sorprendidos al escuchar mi segundo apellido y con el cual me conocían allá. Al acabar el partido, donde además había hecho un gol, le preguntamos a Paolo por el significado y nos contó que era una canción que me habían inventado y no hacía sino resaltar mis virtudes.

No necesitaba mayor motivación, ahora mi gran reto era ponerme a tope de esas “bestias” que físicamente parecían “volar” y empezar el campeonato que estaba a solo una semana.

Guardé con cariño y mucho orgullo ese gran detalle de los hinchas y me sentía dichoso de pasar de una hinchada tan cariñosa como la cusqueña, a una igual, pero que gritaba en griego y estaba al otro lado del mundo.

Pronto vendrían muchas más historias que les seguiré contando poco a poco.