Factor Piura


PUNTOS DE VENTA "SÍ SE PUDO"


Hoy quiero contarles sobre un hecho que tal vez les parecerá anecdótico y hasta divertido, aunque para mi haya significado casi siempre un dolor de cabeza.

Y es que la mayoría de veces que jugaba contra el Alianza Atlético se repetían dos hechos: O jugaba mal, o me expulsaban. Así que les contaré los motivos –que pienso–, me llevaban generalmente a esos desenlaces.

Piura es mi ciudad natal, aquella que me vio crecer y desarrollar la pasión por el fútbol mientras recorría sus pampones de arena en busca de cualquier campeonato barrial. Es también la ciudad donde radican mi familia y mis amigos. Entiendan entonces, que siendo futbolista profesional y ya iniciado el campeonato descentralizado, cada vez que veía que jugaríamos allá, mi estado de ánimo se transformaba.

Incluso desde la semana de entrenamiento, antes que en el partido, pensaba en cómo distribuir el poco tiempo libre que tendría para aprovecharlo al máximo con todos ellos.

Es así que mi cuerpo entrenaba pero mi mente no lo acompañaba, y solo bastaba que el avión aterrizara en mi bella ciudad para que mi principal preocupación sea en qué parte del hotel atenderlos, o a quienes llevar en el bus cuando vayamos al estadio.

Pasaba la noche previa al juego en cualquier salita del hotel con mis padres y hermanos, recibiendo de paso a los amigos que al enterarse de mi llegada, pasaban a saludarme y de paso conocer a mis famosos compañeros de equipo.

Esa era otra historia divertida, porque les servía además a mis patas como un pase privilegiado, para que al presentárselos, los interroguen cuales periodistas deportivos, tomándose fotos y haciéndoles firmar todos los autógrafos posibles para ellos mismos o para sus familiares.

Contrario a lo que ocurría en otros viajes, en este esperaba la última llamada de los profes para despedirme e ir a descansar, y retomar así la concentración necesaria para afrontar el partido del día siguiente.

No contento con ello, ese día ocurría algo parecido, me apuraba en desayunar tempranito y volvía apurado a la salita donde nuevamente algún familiar o amigo me esperaba para una vez más continuar nuestra tertulia de la noche anterior.

Pero llegada la hora del partido — casi siempre a una de la tarde –, y tras ir en el corto viaje hasta el Campeones del 36, distraído nuevamente con algún otro amigo que lograba subir al bus del equipo, apurado me ponía el uniforme intentando recuperar, en el corto tiempo restante, la concentración necesaria para afrontar el partido.

Pero nada de eso funcionaba, peor aún sabiendo que desde la tribuna mi familia me observaba. Solo me bastaba recibir el primer balón para darme cuenta lo mal que me iría: o lo entregaba mal, o como sucedió una vez, al bajar a defender e intentar rechazar un balón de mi área, con la cabeza se lo dejé frente al arco a un delantero rival, que agradecido y sin dudar, fusiló a mi sorprendido arquero.

En otro partido ocurrió algo diferente. Aún consciente que los defensores rivales saldrían a provocarme, caí en el juego de uno de ellos – del Cholito Casas, lo recuerdo claro -, y al molestarme tras recibir una falta suya, intenté apurado quitarle la pelota, pero como me la escondió, le metí un empujón para arrebatársela. Obviamente el Cholito se tiró al gramado simulando un golpe, y su escena teatral convenció tanto al distraído árbitro, que molesto me mostró la tarjeta roja.

Han sido solo dos ejemplos de los muchos que me sucedieron, pero si de algo me quedaba el consuelo, era que no solo a mi me ocurrían esas cosas, sino también al resto de mis compañeros, que atontados y deshidratados por el inclemente sol, antes que en el partido, pensaban a donde ir luego a aplacar la sed con un clarito helado y degustar además de un delicioso ceviche de mero.

No resultaba raro entonces que en cada visita a mi santa tierra, retornáramos con las maletas llenas no solo de chifles y natillas, sino también de tantos goles que por allá  nos regalaban.

¡Chii, gua, abusiiivos mis paisanos!