El golazo que perdí


PUNTOS DE VENTA "SÍ SE PUDO"

Más que como una anécdota, la recuerdo como el inicio de una buena amistad.

Era el año 2002, tenia apenas unos meses en el Cusco y debíamos enfrentar a Universitario de Deportes.

Como todos los partidos frente a la U, éste también sería duro, no solo por su ya conocido y rudo estilo de juego, sino también por la calidad de sus jugadores.

Pero había uno a quien había visto y admirado desde chico, más que por su famoso “achique” ante los delanteros en el “mano a mano”, por la personalidad y liderazgo que transmitía con su sola presencia.

Porque Oscar Ibáñez era un referente no solo para los hinchas de su equipo, sino también para aquellos como yo, que desde niños lo habíamos observado desde nuestros televisores.

Pero esa noche lo tendría frente a frente y debía dejar de lado todo aquello para defender mis colores y ganar aquel importante juego.

El partido se programó de noche y a mitad de semana en el estadio Garcilaso, ya que al jugar Cienciano la primera Copa Libertadores en su historia, se habían suspendido algunos partidos del torneo local y debíamos recuperarlos.

Tal como lo habíamos previsto, fue un partido duro. Aún cuando la noche nos regalaba más oxígeno que durante el día y podíamos imprimirle mayor velocidad al juego, a ellos también los ayudaba y permitía, de igual manera, cansarse menos y jugarnos de “igual a igual” en la altura cusqueña.

No fui titular aquella noche, me tocó esperar entusiasmado y nervioso el llamado del técnico Jurado. Este ocurrió en el segundo tiempo, cuando solo restaban veinte minutos para el final del partido y el empate a cero parecía decretado.

Con el ímpetu que me daba la juventud, ingresé motivado, confiaba en aprovechar la ventaja de tener a los rivales ya cansados, aunque también con la certeza que quién defendía su arco me intimidaba. Las ideas claras me pasaban por la cabeza: “Cuando tengas que definir, no lo esperes”, “Te va a achicar si te demoras”, “Rompele el arco”…. y así ocurrió.

En una de las últimas jugadas del partido y cuando los de la “U” defendían metidos en su área, me quedó un rebote al borde del área chica. No lo pensé. Aun con Oscar ya vencido y toda la ventaja para definir calmado a un lado, lo hice con tanta furia, que el balón pareció molestarse conmigo y elevarse hasta lo más alto de la tribuna donde la Furia Roja esperaba ansiosa festejar el gol. Me lo comí solito.

Unos minutos después, el árbitro dio el final al juego y el empate a cero me hizo sentir responsable del resultado…y no me faltaba razón, porque era una pelota para definir tranquilamente y darnos el triunfo, pero la sola idea de que me haga lo mismo que a todos los delanteros que lo enfrentaban, me hizo ver difícil lo que con calma seria un gol fácil.

Un año después Oscar llegó a Cienciano, congeniamos rápidamente y como tenía aún la espina clavada por aquel gol perdido, no me cansaba de hacerle goles en los entrenamientos, y cuando lo tenía en el “mano a mano”, hasta de “sombrerito” le definía.

Pero como decimos los futbolistas: “Una cosa es en el entrenamiento y otra muy distinta cuando están los muñequitos (hinchas) en las tribunas”.

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